Yodo.
30-04-2007 10:49:43

Yo estaba sentado en el suelo, cerca de la puerta. Tenía cuatro años. Mi madre pasea, nerviosa, de la cama a la ventana. Es muy desdichada. Él le grita desde la cama. Debe de ser muy duro lo que le dice, porque ella estalla en sollozos. De repente se dirige hacia el tocador, toma el vasito de plata que le habían regalado, para mí, el día de mi bautizo, vierte en él un frasco entero de tintura de yodo que se desborda y mancha la plata, y se lleva el vasito a la boca.
Él se ha levantado ya, a grandes zancadas, y detiene la mano de mi madre. El vasito, que todavía conservo, está lleno de huellas indelebles. Es probable que mi madre no tuviese la intención de envenenarse; sabía que él iba a impedírselo. Sin embargo, esa escena se ha grabado en mí, y el horror que me produjo en su momento nunca ha podido ser tranquilizado por la razón. Si soy como soy y no de otra manera, todo lo debo a ese hecho inicial. Determinó en mí un sentimiento de desgracia: la seguridad de que no podemos ser felices. Todavía veo a mi madre, despeinada y con los rasgos contraídos. Todavía escucho sus sollozos.
Y lo peor es que nunca se sabe, entre un hombre y una mujer, quién es el juguete del otro. Muchas veces la víctima aparente es más fuerte que el aparente verdugo. Lo incuestionable es esa seguridad de que no podemos...
Diarios. Eugène Ionesco. Traducción de Marcelo Arroita-Jáuregui. Editorial Páginas de Espuma, 2007.
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