La Oscuridad Visible – JOHN MARTIN.
28-12-2006 08:21:22

No sorprende descubrir, leyendo el catálogo de la exposición sobre el pintor y grabador John Martin (1789-1854) exhibida la pasada primavera en Madrid, que varios de sus hermanos sufrieron problemas mentales, y que uno de ellos fue encerrado de por vida en un manicomio después de atentar contra el obispo de Oxford y prender fuego a la catedral de York. El retrato del artista dibujado por su hijo el año de su muerte nos muestra un rostro de expresión melancólica, y su obra ofrece extrañas cualidades alucinadas.
Cierto que tales cualidades son achacables en parte a la inclusión de Martin en el Romanticismo, un movimiento que opuso al ideal de la belleza clásica el de lo expresivo, y en el que paganismo y religiosidad confluyeron en una estética de lo sublime. Baste con apuntar que si Martin dedicó en 1824 a El Paraíso Perdido una de sus series más apreciables, el poema de Milton ya había inspirado previamente a Alexander Runciman o a William Blake. Es decir, Martin se encuadraba en un movimiento artístico colectivo con señas de identidad y motivos muy definidos.
En cualquier caso, la validez de un artista se mide por la impronta de su sello individual, por aquello que hace de sus creaciones expresiones inconfundibles, hasta perturbadoras por cuanto una simple ojeada nos permite atisbar en ellas un universo interior. Y si Martin, como ha escrito Elena Vozmediano, peca de melodramático en sus plasmaciones de pasajes religiosos y no cuida demasiado las figuras humanas, es porque son los escenarios los verdaderos personajes de su obra.
¡Y qué personajes! Inconmensurables, maravillosos, tenebrosos. Definidos por arquitecturas ciclópeas de perspectivas y detallismo magistrales, por cielos abismales y cataclismos apocalípticos, por inquietantes efectos de luces entre las arboledas que anuncian la aparición de ángeles... Los efectos conseguidos gracias al grabado mediante aguafuerte y posteriormente la manera negra son extraordinarios a nivel técnico, pero además desvelan una imaginación visionaria cuya influencia puede rastrearse aún hoy.

Las obras de Martin tuvieron en muchos casos un empleo ilustrativo, y a través del grabado alcanzaron una gran popularidad. Su carácter peculiar, extraño, se ahondaría con el tiempo, a medida que la realidad iba imponiendo en el arte el yugo de la reproducción y lo verosímil. Un extrañamiento respecto de nuestra realidad física, pero no de la terrible y maravillosa realidad íntima que anida en nuestros corazones, esa ansía de un más allá que no es para los psicoanalistas sino el deseo de muerte.
No es casualidad que las visiones de Martin estén ligadas a la destrucción, a la pesadilla, al momento previo al éxtasis de la nada. No es casualidad que sus huellas puedan rastrearse en la literatura de otro visionario de lo imposible, Lovecraft; en el reino de las sombras del cine mudo (Intolerancia, Cabiria), y en las ensoñaciones megalomaniacas de Cecil B. De Mille (Los Diez Mandamientos) o Steven Spielberg (Encuentros en la Tercera Fase).
Hoy, 150 años después de la desaparición de Martin, causaría risa que alguien pintase como Josué ordena al Sol detenerse sobre Gabaón. Sin embargo, ¿no existen ecos de ese romanticismo estético en las estremecedoras visiones de un mundo devastado que plantean los hermanos Wachowski en la saga Matrix? Y a un nivel más cotidiano, ¿qué son las películas de David Lynch o las fotografías de Gregory Crewdson sino intentos de buscar en las esquinas de lo real esa grieta que nos permita contemplar las maravillas de la sangre y la oscuridad?
Diego Salgado
John Martin, la oscuridad visible. Exposición. Madrid, 20 de abril al 25 de junio de 2006. Calcografía Nacional (C/ Alcalá, 13) y Centro Cultural Conde Duque (C/ Conde Duque, 9-11).
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