Víctima y verdugos - SAFE.
11-12-2006 14:08:34

Una víctima que puede articular sus experiencias como tal ya no es una víctima. Ha pasado a ser una amenaza – James Baldwin
En un momento de La Invasión de los Ultracuerpos, un extraterrestre que ya ha suplantado al mejor amigo de los protagonistas, les explica a estos qué sentirán cuando sean reciclados en vegetales: “Renaceréis en un mundo sin problemas, ansiedades ni miedos. Nada cambiará en apariencia, pero no tendréis necesidad de amar ni de odiar. Evolucionaréis hacia una nueva forma de vida”.
Aunque el clásico de Jack Finney y Don Siegel sembraba la duda en torno al resultado de la lucha entre los seres humanos y las vainas procedentes de otros mundos, para el guionista y director Todd Haynes es evidente que ellos triunfaron. O, peor aún, que sin necesidad de agentes externos, hemos optado voluntariamente por sacrificar nuestra individualidad y nuestras emociones en nombre del bienestar, la seguridad y la integración. Una constante que recorre toda la obra del cineasta norteamericano, empeñada en reflejar la lucha subversiva de la expresión personal contra los condicionantes del entorno.
Puede sonar gratuita la comparación de un hito de la ciencia-ficción con un film como Safe, ubicado en un contexto espacio-temporal concreto y realista, y protagonizado por un ama de casa cuyos mayores problemas están relacionados con el tapizado de un sofá o con una dieta de frutas. Sin embargo, la película deviene un modelo de sentido genérico gracias a lo que siempre deberíamos tener en cuenta para ello: las sugerencias y las metáforas implícitas en el guión, y la necesidad de unas determinadas realización y puesta en escena para visualizarlas.
La lectura social y política es ineludible. La California suburbial de 1987, escenario de esta cinta producida ocho años después, era la representación ideal de la revolución conservadora iniciada a principios de aquella década por el presidente Ronald Reagan. Una revolución del fuerte contra el débil, del integrado contra el disidente, del dogma frente a lo racional. Una revolución cuyos pilares eran la insistencia en la responsabilidad individual, la respetabilidad ligada al éxito económico, y los prejuicios y el egoísmo declarados; y de la que fueron víctimas más o menos conscientes, en palabras del ensayista Gil Troy, los negros, las mujeres, los enfermos de sida, los inmigrantes y los estamentos culturales.

No por casualidad, en el entorno que cerca a Carol White (Julianne Moore) la suciedad o la diferencia están vetados. Los exteriores parecen maquetas de piezas intercambiables. Los interiores, decorados. Ella misma hace honor a su apellido: no suda cuando hace deporte, no se excita cuando su marido le hace el amor. Su existencia y la de sus conocidos es tan impoluta que ya en los primeros minutos una amiga le comenta, a propósito de una aventura extramarital: “Fue tan irreal...” Es el primer indicio de la subversión de valores vitales en que se mueven estos californianos adinerados, para los que el servicio, los transportistas o los empleados son sombras; los sonidos procedentes de la radio, la televisión, las redacciones escolares o el hilo musical, mensajes opacos que conviene no analizar; y las relaciones entre ellos, expresiones cautelosas de la nada más absoluta.
Pero la vida se abre camino, y en un entorno de perfección plástica toma la forma de una enfermedad desconocida. Carol no entiende qué provoca su cansancio, sus ataques de asma y sus vómitos. Su esposo y su doctor insinúan que la culpa es suya. Después, los síntomas se achacan a la dieta, a la alergia, a problemas mentales –lo que sobrecoge de manera significativa a Carol y su marido-; por último, a los residuos químicos generados por la industria y a nuestra relación neurótica con la naturaleza.
Para entonces, Carol ya ha dejado atrás a los médicos y ha ingresado en una institución alternativa. Allí descubrimos que su inquietud es compartida por muchos otros pacientes, sometidos por un gurú a una ambigua terapia de corte naturista y religioso. Haynes completa así su crítica a una sociedad empeñada en no reconocer el origen del sufrimiento individual, e interesada por el contrario en popularizar teorías genéricas y melifluas que adormecen la conciencia. Carol terminará por aceptar que nadie la salvará, que su contacto con los demás está fatalmente condicionado por los muros que levantan palabras y gestos convencionales. Por propia voluntad, se recluye en una estancia especial. En esta última secuencia, el título del film revela todo su sentido metafórico: el interior de la celda es seguro, logrará el propósito de alejar a Carol de la vida y no hacerla sentir culpable por ello. Pero también es una caja fuerte que nadie está interesado en forzar.
Todd Haynes, como se señalaba al principio, aplica a semejante esquema argumental códigos estéticos propios del terror y el fantástico. Su elección se revela extraordinariamente efectiva porque supera el distanciamiento que propiciarían interpretaciones cómodas referidas a un escenario y un tiempo, y posibilita una aproximación sensitiva, universal, y por tanto mucho más perturbadora.
Este acercamiento es evidente en lo visual, pero numerosos detalles en la historia ya nos dan algunas pistas. Carol es una prisionera. Su enfermedad, un intento de fuga. En los primeros minutos, la aparente amabilidad de sus conocidos –marido, médico de cabecera, peluquera- va dando paso a reacciones irritadas ante cualquier expresión de duda o disidencia por parte de Carol. La noche es su única aliada, la oscuridad difumina los contornos rígidos de su vida. Pues bien, en una secuencia clave que no hubiera desentonado en El Show de Truman, apoteosis de la paranoia y la sensación de ser vigilado, Carol sale a pasear de madrugada por su jardín y es interpelada por una patrulla policial. Cuando vuelve a su domicilio, su marido también le pregunta qué hacía en el exterior. Haynes encuadra al hombre en el altillo, y desde el punto de vista de Carol no es más que una sombra ominosa.

El control sobre la mujer crece a partir de su ingreso en el sanatorio donde acontece la segunda mitad de la película. Al llegar, es recibida por una guía de rasgos indistinguibles. Los pacientes son retratados como simulacros o figuras de cera. Carol no dará un paso sin alguien que la espíe. Cuando se apunta en una lista de actividades compartidas, otro interno cubre de inmediato el hueco junto a su nombre. Cuando, tras una ceremonia de grupo en la que no se integra, se refugia en un invernadero y llora, una conocida quiebra su aislamiento con una catarata de frases hechas. Cuando se dispone a abandonar los límites de la institución cruzando la carretera, un camión está a punto de arrollarla. Y si escribe una carta, aparece a su lado el responsable del lugar, que la instará a hablar señalándole que “las palabras expresan la verdad”, algo evidentemente falso en una narración donde todo el mundo procura hacer de sus conversaciones algo inocuo, con la excepción de otra paciente que confesará sentimientos violentos.
La sensación de opresión y amenaza es subrayada por una realización que no deja nada al azar. Mientras Carol está en su ambiente habitual, la mirada la componen planos generales y frontales en los que es difícil apreciar señales de vida. Las estancias abundan en líneas verticales, tabiques, y puertas y ventanas ciegas. Los personajes se mueven en espacios compartimentados. Antonioni salta a la memoria, así como Kubrick en lo que se refiere a la gelidez y la crueldad de la cámara. Mientras que tanto el uso inquietante del sonido, una música sintética, la progresiva inmersión de los escenarios y los secundarios en las sombras, y el deterioro físico de Carol, nos remiten a David Lynch.
Haynes, sin embargo, introduce desde el principio un componente de identificación con la protagonista que terminará explotando en los ojos del espectador. La primera imagen de Safe es un plano subjetivo desde el interior de un automóvil, que nos introduce en el universo de la mujer. Segundos después, desde la cama, su mirada interpela al público. Nos hemos ligado a su experiencia. La distancia entre nosotros y el escenario no nos deja a salvo. Compartimos el sufrimiento de Carol, pero no podemos aliviarlo. Salvo en cuatro momentos: El primero, cuando bebe al anochecer un vaso de leche; su único “vicio”, según confiesa posteriormente. Un travelling frontal que nos permitiría leer en sus ojos es interrumpido. Pasa lo mismo en una celebración de cumpleaños. Haynes coloca a Carol sola frente a todas sus conocidas, y la hace sufrir un ataque de asma. Es el instante escogido para intentar otra aproximación, cercenada al sentarse junto a ella una amiga que aborta el gesto insurrecto de la cámara.
Dos son los planos, medios, que compartiremos con ella. Uno, por supuesto de noche, en el que pierde la orientación y declara no saber quién es ni dónde se encuentra. La planificación nos sitúa como confidentes al borde de su cama. Otro, el último del film, es aquel en el que, convertida en un espectro, Carol se mira en un espejo y musita: “Te quiero”. Hay algo en el gesto de rendición incondicional, como la de Winston Smith cuando declara en "1984" su amor al Gran Hermano. Por otra parte, comprometidos con ella como estamos, es difícil obviar su ofrecimiento, que busca una respuesta.
Pero al fin, lo terrible es comprender que en ese plano de cierre los espectadores somos, literalmente, el reflejo de Carol. Su renuncia a expresar su verdadera naturaleza, su soledad, son las nuestras. A lo largo del metraje, seguros de no ser alienados californianos temerosos del sida y las emociones, habíamos contemplado con cierta condescendencia sus desventuras. Una sensación de ahogo sigue a la evidencia de que son las nuestras. De que la pecera, la jaula, que hemos estado observando frontalmente, es un espejo. Si uno fuera ya un vegetal, remataría esta reseña apuntando simplemente que Safe es una excelente película. Pero el relativo anonimato de un escrito es una oportunidad única para escapar a la censura ajena y a nuestro autocontrol, y atrevernos a decirle a Carol, a nosotros mismos: “Estoy a tu lado. No estás sola. Comprendo lo que te pasa aunque no pueda expresarse con palabras. Sé que hay algo más, y yo también te quiero”.
Diego Salgado

SAFE. Título original: Safe. Nacionalidad: EE.UU. Año de producción: 1995. Duración: 119 minutos. Guión y Dirección: Todd Haynes. Producción: Ted Hope, John Hart, Lindsay Law, Ernest Kerns, James Schamus, Lauren Zalaznick y Crhistine Vachon (American Playhouse Theatrical Films, Good Machine, Chemical Films, Kardana Films, Arnold Semler y Channel 4 Films). Montaje: James Lyons. Fotografía: Alex Nepomniaschy (c). Música Original: Ed Tomney y Brendan Dolan. Diseño de producción: Clare Scarpulla y David Bomba. Diseño de vestuario: Nancy Steiner. Intérpretes: Julianne Moore (Carol White), Peter Friedman (Peter Dunning), Xander Berkeley (Greg White), Susan Norman (Linda), Kate McGregor Stewart (Claire), James LeGros (Chris). Film inédito cinematográficamente en España. Distribución en DVD: Manga Films.
Categoría: Hablando de cine 0 Comentario(s) & 0 Referencia(s)
Referencias
Comentarios
Hecho con