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Dos Enigmas en Greysfullborny Manor – Una aventura de Scott Barnes Esq.

20-11-2006 10:58:21
Galería de Personajes

Scott Barnes Esq. – Investigador al servicio excepcional de la Corona.
Arthur Goldman – Comisario de Scotland Yard.
Comodoro Christopher Wilson – Vicealmirante retirado del ejército colonial de Su Majestad.
Lord Favernshaw – Reputado hepterólogo (la víctima).
Sir Alfred Favernshaw – Hermano de la víctima (el asesino).
Lady Favernshaw – Desolada viuda de la víctima.
El jardinero de la Mansión Greysfullborny Manor.
La doncella de la Mansión Grysfullborny Manor.




I. Gladiolos ensangrentados.

El cuerpo de Lord Favernshaw yacía sin vida en su gabinete privado de Greysfullborny Manor. La doncella, encargada como cada sobremesa de llevar a sus aposentos el servicio belga de té, había encontrado a su señor yerto sobre sus valiosos códices locádvidos, con una de sus exquisitas dagas hindúes de obsidiana hundida hasta la empuñadura en la espalda de su atavío exclusivo de media tarde Pierce Ambush.

El Comisario Arthur Goldman retorcía con inquietud su mostacho mientras seguía el rastro de un hilillo de sangre que, deslizándose por la manga del brazo inerte de Lord Favernshaw, trazaba un siniestro dibujo en la alfombra Ohren-Sight del gabinete. Por su parte el Comodoro Christopher Wilson, vicealmirante retirado del ejército colonial de Su Majestad y último visitante aquella jornada de Favernshaw, se paseaba por la estancia intentando percibir por petición de Goldman alguna evidencia del paso del asesino por el lugar tras la suya propia.

El militar parecía más interesado en los recuerdos y obras de arte que decoraban la habitación que en colaborar con la justicia. Pero, cuando el detective de Scotland Yard estaba ya a punto de carraspear, señaló con mano temblorosa un valioso jarrón Strüedel ubicado sobre la chimenea.

-¡Buen Dios! –exclamó, dominado por una viva emoción-. ¡Esos gladiolos!

Su descubrimiento congregó a ambos caballeros junto al esbelto recipiente, en el que descansaban tres gladiolos teñidos de un túrbido ámbar que transmitía en aquellos momentos luctuosos una sensación perversamente morbosa.

-¡Estoy seguro de que estas bellas flores no alegraban este gabinete cuando estuve aquí hace apenas unas horas!

Aunque el Comisario Goldman intentó disimular su insatisfacción ante una prueba tan críptica bajo el velo frío e impersonal que tanto temía la chusma criminal de Whitechapel, no pudo evitar proclamar:

-¡Este caso será dificultoso!

En ese mismo instante, el ruido de la puerta principal de la mansión al cerrarse y un creciente rumor de voces exaltadas les obligó a girarse hacia el umbral del gabinete, que atravesó en primer lugar la doncella:

-Señor –intentó anunciar evitando el reencuentro visual con su amo fallecido-, se trata de...

Haciéndola a un lado con brusca elegancia, se plantó en el vano de la puerta historiada un caballero de porte tan alegre como altanero.

-¡Por vida de...! –bramó el Comisario.- ¡Barnes!

-¡Oh! – susurró con admiración la criadita.

-¡Extraordinario! – terció el Comodoro.




II. El halo de la justicia.

El aludido se deshizo de su capa y se la arrojó a la doncella, introduciéndose a la vez en el gabinete con dos pasos que combinaban la languidez con una flexibilidad felina. Quien no le conociese, hubiese supuesto que aquellos movimientos delataban a un bailarín excepcional; pero no había alma en Gran Bretaña, desde la del buhonero más humilde hasta la del mismísimo Príncipe de Gales, que ignorase la identidad de aquel hombre ígneo, sutil y decidido: las hazañas de Scott Barnes, no solo en el terreno detectivesco, sino en las ramas científicas y filosóficas más abstrusas, le habían proporcionado una celebridad y un halo de infalibilidad que iluminaron Greysfullborny Manor despertando la esperanza de la justicia en los desazonados corazones de los allí reunidos.

-¡Querido Arthur, volvemos a encontrarnos! Reposaba unos días en el cercano y delicioso pueblecito de Freshbury-on-Rock y, al toparme minutos atrás con uno de sus agentes, que volvía desde aquí en bicicleta, he sido informado de los terribles acontecimientos.

El Comisario Goldman se ruborizó ante la denuncia socarrona de la incontinencia verbal de uno de sus subordinados, y respondió retorciéndose el mostacho:

-¡Los sabuesos de Scotland Yard nos hemos hecho cargo del caso!

Scott Barnes acarició juguetonamente los gladiolos descubiertos por el Comorodo Wilson sobre la chimenea y repuso:

-Es posible, Arthur. Sin embargo, creo que con que se muestre usted capaz de reunir a los habitantes de la mansión en este cuartito será suficiente. Tengo fundadas sospechas en torno al responsable de esta tropelía.

-¡Oh! –repitió la criada llevándose un pañuelo bordado a la boca.

-¡Imposible! –bufó Goldman retorciéndose el mostacho.

-¡Inaudito! –confirmó el Comodoro-: ¡Mi asombro supera el que me causaran en años mozos los yogui brahmas de la India!

Barnes se frotó las manos con sonrisa irresistible.

-Convoque a los involucrados, Arthur, y ordene nos preparen el té; con permiso del desdichado Lord Favernshaw, es el mejor estimulante precisado por un hombre de acción...




III. Conflicto de voluntades.

Quienes en el momento del crimen se hallaban en Greysfullborny Manor fueron convocados sucesivamente al gabinete por la doncella.

En primer lugar lo hizo la recientísima viuda, tan afectada por la cercanía física de su extinto marido que los hombres se vieron obligados a cubrir el cadáver con los cortinajes Samri Bogh del ventanal principal. Se trataba de una hermosa joven de cabellos rubios como el dulce sol de abril y ojos trémulos que impresionaron a los presentes. Su generoso seno palpitaba violentamente contra el corsé, y en un descuido febril sus botines y tobillos ceñidos por medias carmesí quedaron al descubierto. Sus manitas aletearon como mariposas heridas y se aferraron aquí y allá a los caballeros, que pugnaban por aliviar su dolor.

Tras ella hizo aparición el jardinero de la finca, un rubicundo mocetón como sólo cabe encontrarlo en nuestros páramos galeses. El sudor de su blusa de trabajo prieta y la firmeza de sus robustas piernas enfundadas en lona de caballeriza bastaban para señalarlo como un ejemplar único de honradez en el trabajo extenuante.

Por último, se hizo notar con tos débil y sibilina el hermano de Lord Favernshaw, Sir Alfred. Ante su irrupción se hizo el silencio en el gabinete. Era un hombre de tipo enfermizo y enclenque, agarrotado y achepado por una deformación espinal que le alargaba además un brazo más que otro. Su rostro, estrábico y atenazado por un rictus paralizado que le prestaba un aire de cierta idiocia, no podía presumir siquiera de cabellera, pues brindaban más pelos hirsutos las deformes orejas que su calva gris y costrosa. Sus andares zambos le arrastraron al centro de la habitación, desde donde exudó un hedor acre a libros prohibidos y experimentos indescriptibles... A pesar de todo ello, la repugnancia que inspiraba no tenía tanto que ver con su físico como con alguna indefinible carencia espiritual.

-¡Ese es su hombre, Arthur! –exclamó Barnes.




IV. Victoria de la Razón. Terribles conclusiones.

Tanto la víctima como el asesino habían sido retirados de Greysfullborny Manor. Scott Barnes caminaba de un extremo al otro del gabinete con una taza de té Enyblith, explicando a sus maravillados oyentes las claves del suceso.





-Así pues, no había otra solución posible más allá de la implicación directa de Sir Alfred en el crimen.

-Pero, ¿qué hay de los gladiolos? –quisieron saber al unísono Comodoro y Comisario.

Scott respondió mientras Lady Favernshaw le ofrecía una bandeja de esponjosos pastelillos de jengibre.





-...con lo que adquieren categoría de prueba comprometedora definitiva –concluyó.

-Ciertamente –hubo de reconocer Goldman, retorciéndose el mostacho.

-La horca aguarda ávidamente a tal villano. Mientras que los inocentes –sentenció Barnes mirando con dulzura a Lady Favernshaw y al apuesto jardinero, que enrojecieron de placer anticipado-, aún tienen un merecido horizonte frente a ellos.


Aquella constituyó otra victoria indiscutible de Scott Barnes Esq. Sin embargo, al anochecer, en el carricoche que los devolvía a él y al Comisario a la urbe, hubo un minuto para la reflexión autocrítica y hasta para la emoción. Goldman se retorcía inquieto el mostacho contemplando el perfil aristrocrático del gran investigador, a su vez sumido en la contemplación pensativa de una radiante luna llena de final de otoño.

-¿Sabe, Arthur? He de confesarle un enigma que jamás he resuelto, y en el que quizás usted pueda ayudarme –empezó Barnes con voz insegura.

-¿Yo? ¿Ayudarle? –replicó el otro asombrado.

-Sí. Desde hace demasiado tiempo, de hecho durante toda mi existencia, he estado preguntándome algo.

-¿Qué?

Un buho ululó en la foresta.

-¿A quién demonios se le ocurriría crear un tipo de literatura tan estereotipada como esta que protagonizamos?

El traqueteo del carricoche fue la única respuesta.

Goldman por su parte, desesperado, no pudo hacer otra cosa que retorcerse con inquietud el mostacho.


Mrs. Florence D. Babbitt (traducido por Diego Salgado).


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