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El Blog Estepario

Cine, cultura y realidad

La vida sin televisión.

12-11-2006 10:20:44



Mis queridos lectores: seguramente todos ustedes tienen una televisión en casa. Les compadezco. No les culpo, eso sería injusto; la televisión constituye en nuestros días el mínimo común denominador de la decoración doméstica junto al microondas y el lavavajillas -artefactos que tampoco poseo, por cierto-.

La televisión es un medio idiotizante. No es una idea revolucionaria, numerosos sociólogos se han ocupado ya suficientemente del tema como para que ahora yo intente apropiarme de él. Pero a estas alturas yo puedo contemplar la televisión desde la lejanía, desde el punto de vista de alguien que no tiene tal artefacto en casa.

Y por ello constato que la televisión es una droga. Droga dura. Como el tabaco, aunque sin las consecuencias físicas que tiene el fumar. Para los no fumadores esta comparación sonará extraña. Los fumadores podrán entenderla perfectamente. Para un fumador, lo más difícil no es dejar el tabaco, sino dejarlo cuando está en compañía de otros. La prueba de fuego para cualquier fumador es el salir un viernes por la noche sin la cajetilla. Un fumador le preguntará: “¿Cómo puedo disfrutar de mi vino o mi cerveza sin el cigarrillo de acompañamiento?” Es lo más normal del mundo: uno entra en un bar, se sienta con los amigos, y enciende el primer cigarrillo. Y si son varios los que hacen el primer movimiento ritual, tanto mejor. Y al primer cigarrillo sigue el segundo, y el tercero, aunque uno sepa lo mal que se va a sentir la mañana siguiente, cuando quiera hacer footing: Los pulmones quieren explotar, el aliento no dura más de cien pasos.

De la misma manera, el primer gesto de mucha gente cuando llega a casa es encender la televisión. Uno llega cansado del trabajo y piensa “ahora quiero relajarme”. Pero quizás el marido o la mujer ya estén en casa, y hayan tenido antes el mismo pensamiento. Por tanto la televisión ya estará encendida cuando se entre en casa. Y quizás la pareja haya sido lo bastante comprensiva como para haber preparado algo de cenar. Normalmente algo sencillo, que no distraiga demasido la atención de la emisión. Lo que quiere decir: una pizza, pasta, un plato sencillo. Algo tan insustancial como lo que se disponen a ver.



Se sientan delante de la televisión pensando que sólo va a ser un rato, una pequeña distracción después de la jornada. Además, con un poco de suerte su acompañante no hablará mucho. Estará demasiado ocupado con su propia comida o con las imágenes vomitadas por el televisor como para prestarle atención. Y a pesar de sus mejores intenciones -dedicarse después de una hora a su novela, a componer, a escribir un artículo sobre la decadencia de la sociedad occidental y el auge del islamismo-, tres horas más tarde usted aún se hallará preso de las imágenes que salpican su cuarto de estar.

Después de esas tres horas de embrutecimiento, de zapping desenfrenado salpicado con patatas fritas y Coca-Cola, se arrastrará hasta la cama con una sensación de descontento, con un sentimiento de culpa causado por no haber hecho sus deberes. Se intentará tranquilizar pensando que hoy estaba demasiado cansado, que mañana será otro día, el día en el que hará algo. Pero mañana será el mismo día que hoy. Si no prepara la cena su compañero lo hará usted mismo, con los mismos ingredientes aparentemente inocuos que los ofrecidos por la televisión, y su cerebro se llenará de las mismas toxinas que los pulmones de un fumador, hasta que el sistema se colapse y tengan que ingresarlo en el hospital.

El problema, querido lector, es que mientras el cáncer de pulmón puede verse y diagnosticarse en una radiografía, el tumor que por medio de las ondas televisivas va carcomiendo su cerebro no puede ser visto. No está descrito como enfermedad en ningún libro de medicina. Es un fantasma. Como mal, no existe. O eso cree usted.

Porque la televisión mata cualquier tipo de pensamiento inteligente. La demostración más patente de ello se encuentra en la falta de revoluciones en los últimos sesenta años en Occidente, a pesar de la decadencia social, de los salarios reales cada vez más bajos, de la tijera cada vez más amplia entre clases…Quizás un par de intelectuales han tenido unas buenas ideas, incluso geniales, para mejorar la sociedad en la que nos encontramos. Y todos nos quejamos de día del capitalismo brutal, de las empresas que despiden trabajadores a pesar de tener ganancias históricas…pero tras la jornada cada cual vuelve a su casa, enciende la televisión, y se deja alienar.



¿Es un pensamiento demasiado arriesgado suponer que, en el caso de que no hubiera televisión, la gente acudiría más a espectáculos culturales y se reuniría más con amigos para discutir en serio la situación social y política? No, es una realidad. Uno lo ha notado en sus propias carnes al vivir sin televisión. El hecho tiene repercusiones hasta a nivel económico: haciendo cuentas tras seis meses sin televisión el autor se ha dado cuenta de que tendría que mejorar su salario para calmar sus ansias culturales. Pues la vida sin televisión implica que uno frecuenta más el cine y el teatro, compra más libros y más música. El gasto, que más o menos se eleva a unos trescientos euros mensuales, anteriormente no existía gracias a… la televisión.

La televisión es el instrumento de represión intelectual más imbatible surgido a lo largo de la historia: nadie logró un resultado mejor ni con la pena de muerte, ni con la prohibición de la prensa, ni con los encarcelamientos. Y la sociedad no solamente está embrutecida por la televisión, además pide más embrutecimiento, más canales para hacer zapping, más vaciado de cerebro. ¿Qué gobierno ha conseguido nunca que su pueblo se deje cortar voluntariamente la cabeza para anular sus pensamientos? Ninguno, hasta que llegó la televisión. Ahora la gente se deja voluntariamente sajar el cerebro porque no ve sangre, no siente dolor, el vacío se cuela lentamente a traves de sus ojos y ni siquieran se dan cuenta de ello.

Querido lector, haga una sencilla prueba: deje de ver la televisión durante una semana. No la encienda cuando vuelva a casa. Pasee, quede con amigos, coja un libro, vaya al cine o al teatro. Cuando llegue la hora de acostarse notará una nueva sensación, desconocida hasta entonces. Quizás incluso duerma mejor. Es solamente el movimiento del cerebro. Puede que se encuentre agotado los primeros días, como al recuperar un músculo que se encontraba atrofiado. No ceje, vuelva a intentarlo mañana. Poco a poco le resultará más fácil y la sensación de bienestar vencerá al mono de televisión.

En caso de que no pueda contenerse, tampoco debe preocuparse. Si al menos se ha dado cuenta de que es un adicto, quizás la mala conciencia le haga reflexionar y poco a poco pueda reducir la dosis diaria. Y si no quiere dejar de ser un drogadicto, siempre queda tirarse por la ventana. Es preferible a que haya leído esto. En su estado, no creemos que lo haya entendido.


Karl Rossmann

Categoría: Zibaldone 2 Comentario(s) & 0 Referencia(s)



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Comentarios
Comentario hecho por Laura, el día 17-11-2006 16:06:50h.
Hmm, demasiado negativa tu opinión sobre la tele, que yo veo para informarme, ver pelis y hasta, sí, idiotizarme a veces. Aunque coincido contigo en ese extraño fenómeno que consiste en sentarte delante de la pantalla lo que crees una hora, y cuando te levantas descubrir que han pasado cinco !!???

Comentario hecho por karl rossmann, el día 28-11-2006 11:25:30h.
Querida Laura,

sí, quizás mi comentario sea un tanto negativo. Cuando uno se pone a criticar, es difícil dejar el sarcasmo a un lado. Ciertamente la televisión podría ser un magnifico medio de información. Pues la televisión en sí es solamente un medio, no un fin en sí misma. La televisión se adapta a lo que el respetable público demanda. De forma que no es culpa de este medio que sus contenidos sean mayoritariamente bazofia. Cada uno obtiene lo que pide, nada más. Es una lástima que, para ver una película interesante o reportajes, uno tenga que escoger horarios de madrugada o canales marginales que sobreviven solamente gracias a subvenciones.



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