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El Blog Estepario

Cine, cultura y realidad

Interpretar. Crear.

22-10-2006 11:29:59



La naturaleza carece de imaginación (Charles Baudelaire)


La realidad no necesita nuestra interpretación. Se describe a sí misma a través del tiempo. Se expresa a sí misma en el espacio. Aunque presente facetas diversas, originadas en los mecanismos de percepción, su esencia es una e inviolable, y se ciñe a los principios creativos de la física y la química.

El ser vivo no escapa a tales principios. Su éxito en lo relativo al nacimiento y la muerte depende de una doble hélice compuesta por grupos fosfato, desoxirribosas y bases nitrogenadas; de su aclimatación al medio donde surge, y del azar: En lo que no es sino un proceso evolutivo ciego, los organismos desarrollan estructuras físicas variadas; si éstas recalan en un ambiente favorable, fructifican. Y si implican una mayor complejidad, traen aparejada una especialización parcial de tipo nervioso, que permite la colaboración funcional de los órganos y una reacción más adecuada a los estímulos exteriores.

El ascenso en la escala evolutiva animal trae consigo un sistema progresivamente elaborado de control nervioso: Médula espinal. Tálamo. Cerebelo. Cerebro. El cerebro humano posee al menos trece localizaciones motoras y sensoriales diferenciadas, imprescindibles para regir el organismo natural más avanzado tanto en su percepción de la realidad externa como en su trato con otros individuos de la misma especie tan complejos como el sujeto en cuestión.



¿Son esas relaciones armoniosas? Un antropólogo consideraría absurda la pregunta: cultura y sociedad no son sino expresiones inmanentes de la organización humana, y todos los modelos socio-culturales se caracterizan porque la inmensa mayoría de sus miembros acepta unos postulados, pactados de manera más o menos consciente, que determinan una percepción funcional y unos modos de supervivencia frente a lo real. El mismo fenómeno, en fin, que impulsa a millones de hormigas a construir un hormiguero operativo, sin importar que cientos de ellas presenten anomalías nerviosas que confundan la labor general. La alienación respecto a un sistema de valores y creencias no sería sino la constatación de un fracaso en el proceso adaptativo a un entorno (1).

Para los psiquiatras y los psicólogos sí merecen destacarse esos desajustes, esos puntos imprevistos de fuga, que achacan a la intrincada estructura de la mente humana. Los primeros, más concretamente, a psicopatologías de orígenes y gravedad diversos que producen un desarreglo inasimilable por lo real (2). Los segundos, a disonancias cognitivas, estados de inquietud derivados del mantenimiento de cogniciones incompatibles con la propia identidad psicológica o con el colectivo; y por extensión, con la captación de la realidad por parte de ese colectivo (3).

Estas explicaciones lógicas y complementarias suelen eludir un detalle: la mayoría de los seres humanos, sí, cumplimos naturalmente con nuestras obligaciones como animales, y nuestra relación con lo real está determinada por la supervivencia personal, por el deseo reproductivo y por la preservación interesada de nuestro círculo de influencia. Características compartidas por cualquier ser vivo. Sin embargo, si se desea describirnos con justicia, hay que remitirse precisamente a aquello que es considerado por los científicos anormalidad, delirio o disonancia. A aquello que escapa al dictado de la fisiología o la etología. A aquello que, paradójicamente, es ignorado o temido a menudo por gran parte de la misma especie.



Porque aunque no ignoramos que los alunizajes, Macbeth, la creación de la bomba H o Una partida de campo son obras tan naturales como la madriguera de un castor, ya que como hemos apuntado previamente ninguna actividad de un ser vivo elude los principios de la realidad, sí superan sus causas y sus efectos. Cuando un castor usa las ramitas que encuentra en el bosque para confeccionar sus diques y refugios, está limitándose a interpretar lo real; a ordenar o concebir elementos casuales de acuerdo a su instinto para procurarse albergue y proceder a formar una familia. En cambio, cuando se levantó la Catedral de Burgos, no se aspiraba a una interpretación de lo circundante, sino a la creación de otra realidad que trascendía la material, y de la que el propio templo no era sino una aproximación más o menos acertada.

Este excedente de sentido en los actos de nuestra especie nos define. Llegar a la luna cambió nuestra posición en el universo. Macbeth y Una Partida de Campo despliegan ante nosotros las motivaciones humanas con una depuración y una clarividencia imposibles de apreciar en la realidad. La capacidad de arrasar con armamento nuclear toda forma de vida en nuestro planeta es, sin ánimo de provocar, admirable. El día, y llegará, en que el ser humano pueda materializar sus ensoñaciones más atrevidas, recombinando a su antojo el ADN y creando en laboratorio partículas atómicas que solo existieron en el principio del universo, ya no tendrá sentido preguntarse si hay algo más allá. Ese más allá se habrá encontrado donde siempre estuvo, en nuestro cerebro.

Se trata de una victoria en toda regla contra el estado de las cosas. Incluso si el desarrollo pleno de las capacidades humanas arrastrase a la especie a la catástrofe, la realidad podría revolverse únicamente contra lo material, contra sí misma: la mente humana es inaprensible para la naturaleza.


Diego Salgado


Notas:

1. “A pesar de su erudición y de sus recientes y elevados móviles de actuación, el homo sapiens no ha perdido ninguno de los más antiguos y prosaicos impulsos. Si se enfrentase con ese hecho, sería un animal mucho más completo y tendría menos preocupaciones […] Para discutir la naturaleza biológica fundamental de nuestra especie en su conjunto, conviene no hacer demasiado hincapié en los descubrimientos antropológicos y psiquiátricos que toman como base de estudio a especimenes anormales o fracasados en algún aspecto”. El Mono Desnudo. Desmond Morris. Edición española: Plaza & Janés, 1968.

2. “El error del delirante es consecuencia de una dis-locación, en la que un objeto interno (representación, interpretación, deseo, sentimiento, etc.) es colocado en el espacio exterior. El delirante que ve en las miradas de los transeúntes señales de unos a otros respecto de él, convierte indebidamente su interpretación en rasgo de las miradas mismas. Esta evidencia de ahora, la que para él poseen las miradas en tanto señales, hace que el sujeto se afiance más y más en su delirio, porque a partir de la constatación inicial de un “hecho” (ser señalado) se multiplican sus deducciones delirantes, que retroalimentarán las precedentes hasta situarlo a todo él en un mundo erróneo”. El Delirio, Un Error Necesario. Carlos Castilla del Pino. Ediciones Nobel, 1998.

3. “Leon Festinger denominó a sus hallazgos como teoría de la disonancia cognitiva, que describía el estado de tensión producido cuando un individuo mantiene simultáneamente dos cogniciones psicológicamente incompatibles. ¿Cómo reducimos la ansiedad que ello nos causa? Cambiando una o ambas cogniciones para hacerlas más compatibles, o añadiendo nuevas condiciones que ayuden a tender un puente entre las originales. De esta manera, conseguimos convencernos de que estamos en lo cierto en cualquier caso […] Como antes indiqué, las personas desean estar en lo cierto para satisfacer a su yo consciente y facilitar la interiorización de creencias y valores colectivos. Las conductas reductoras de disonancias defienden la imagen positiva que hemos creado de nosotros mismos, y nos dan acceso tanto a la aceptación en el grupo como a descifrar las claves de captación e información por parte de ese grupo”. El Animal Social. Elliot Aronson. Edición española: Alianza Editorial – El Libro Universitario – Psicología y Educación, 2000.


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