El público en el cine: El Carnaval de las Tinieblas.
11-10-2006 10:04:24

Suele uno frecuentar los cines y las sesiones más solitarios de Madrid. Los motivos responden a dos leyes inapelables: la primera reza que cuanto menos populosa sea la sala, más posibilidades hay de que la película exhibida tenga interés. Y la segunda que, a mayor aglomeración de seres humanos, más probabilidades de que la civilización deje paso a estadios primigenios.
Hay quien es feliz en esos baños de masas. Son vestigios de una sensibilidad primitiva. A una persona con un mínimo de rigor ético y racional las reuniones multitudinarias solo pueden inspirarle las reflexiones más sombrías sobre nuestra especie.
Antes de continuar debo apuntar que, al menos en lo que se refiere al cine, no se trata de apreciaciones subjetivas. De las encuestas realizadas a lo largo de 2005 a espectadores norteamericanos, se deduce que una de las razones más citadas para justificar su abandono de las salas es precisamente la creciente mala educación de sus congéneres.
Sin embargo, debido a motivos profesionales, a veces uno se ve obligado a compartir la sala. Me ocurrió recientemente. Debía tener lista la crítica de un producto ultracomercial en pocas horas, lo que me forzó a acudir a un preestreno especial la noche de un miércoles previo a festivo…
Ya la compra de la entrada por teléfono me hizo temer lo peor. Horas antes de la sesión quedaban pocas butacas libres. Aquello iba a estar abarrotado. Finalmente la operadora me encajó en una de las primeras filas. Una posición aventajada a pesar de su proximidad a la pantalla, como me descubrió hace tiempo un acomodador de los extintos cines Cristal: "A la mayor parte de la gente le molesta sentarse delante. Instintivamente prefieren verse rodeados por otros. Además, acostumbrados como están a las pantallas de veinte pulgadas y a levantarse cada diez minutos a contestar el teléfono, pegar el capón a la mujer o los niños, desaguar y visitar la cocina, se sienten más cómodos hacia la mitad y cerca de la salida. Para nosotros también es mejor. Los enjaulamos siempre que podemos en una zona acotada de la sala para que así, entre sesión y sesión, nos sea más fácil recoger los cubos, los vasos y los envoltorios, las palomitas y los restos líquidos, la ropa interior desgarrada, las golosinas bañadas en vómitos y los preservativos ensangrentados". Me hizo notar, por último, que en las primeras filas "el sonido es atronador. En realidad, cada vez lo subimos más. Es la única manera de evitar las quejas de los pocos que pretenden disfrutar de la película y son molestados por los demás. Subimos y subimos el volumen. Podría estar ardiendo la sala y no se enterarían". La idea nos hizo sonreír a ambos.

Entré en la sala a las diez menos cuarto. Algunos habrían definido el ambiente de festivo. Gritos broncos, risas desquiciadas, idas y venidas titubeantes entre las butacas. Parejas que no se hablaban y grupos de amigos que conjuraban su aburrimiento a base de comentarios vacuos y miradas nerviosas a sus móviles cada pocos segundos… Entre todos ellos, posiblemente un par de cinéfilos. El resto intentaba matar un tedio que solo se desvanecerá cuando lo hagan ellos.
Iban llenándose las gradas. Una voz aguardentosa gritó detrás de mí, "¡Colega, ese se ha traído unos nachos con queso!" Y en efecto, unas filas más abajo un tipo de patillas afiladas y pendiente en el labio se encaminaba a su butaca con una bandeja llena de comida. Pobre de quien tenga que aguantarle al lado, pensé.
Comprobé que a mi derecha se habían sentado un niño, que esperaba el comienzo de la película pateando una y otra vez el respaldo de la butaca que tenía frente a él, y su padre, que manoseaba unas bolsas de compra y jadeaba pesadamente.
Los alaridos y los gruñidos del respetable aumentaron cuando se apagaron las luces. Se prolongaron durante la publicidad y los avances. Llegaron a un clímax indignado cuando se nos recordó que apagáramos los teléfonos y no copiásemos la proyección. Y devinieron tertulia generalizada en cuanto apareció el título de la película.

A pesar de ello, me acomodé en la butaca y me dispuse a disfrutar de la sesión. Al fin y al cabo los machacones efectos de sonido y la música hipertrofiada apenas dejaban escuchar, como había previsto, los politonos y los gañidos.
¡Qué iluso! El niño sentado a mi lado le preguntó a voz en grito a su padre: "¿Papá, que nos ha puesto mamá?" Y ante mi estupor, el hombre rebuscó en las bolsas y sacó varios envoltorios que abrió e identificó aprovechando la luz del proyector. Le pasó uno o dos al niño, unió al encargo unas latas de bebida, y durante los siguientes tres cuartos de hora ambos devoraron y comentaron su cena, expandiendo a su alrededor un insoportable hedor a embutidos y cerveza.
Esto ocurrió hace casi dos semanas. Pero el trauma padecido ha enturbiado desde entonces mis noches y mis días, mi conciencia y mis sueños. Al amanecer me pregunto porqué no arranqué un brazo de mi butaca y no lo machaqué contra las cabezas del adulto y del infante. Al atardecer pregunto a Dios porqué me ha abandonado. Y en la madrugada lloro por el futuro del cine, en manos de quienes no lo aman; en garras de aquellos para quienes solo constituye otra parada más en su viaje zambo y ciego hacia la nada.
Diego Salgado
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